En lo oscuro

La ciudad y sus pasajeros se transforman en una medianoche de lluvia. Por Iván Silvero Salgueiro

No era tan tarde pero estaba muy oscuro.

Yo sabía que esos techos eran Barracas y que en la arboleda ahí al fondo, en lo frondoso de esa mancha negra de la ciudad, guardaban la sin razón.

Desde la ventana de mi departamento yo era una luz más mirando los tinglados y las ventanas altas y antiguas de los conventillos. Talleres, galpones, lugares de trabajo y vida de familias y solitarios en un mismo predio hacían a la intimidad de laburantes, en mosaico de farolitos, alumbrando alguna mesa con vida al dente.

Entre las decenas de luces de esas pocas vidas y la arboleda grande del manicomio había sólo una calle de por medio y un murallón bien alto, y en la vereda los primeros árboles, grandes, anudados al suelo, enredando raíces y ramas entre ellos. Por alguna razón (nada parecía azar) el bosque estaba a mayor altura que la calle y la calle de a momentos se hundía todavía más en un barranco que separaba a la vegetación espesa, de un lado, de los edificios viejos, las vidas gastadas y las escenas de ausentes anudadas a una mesa, del otro.

Una jerarquía indecible había en toda esa geografía, noche a noche me quedaba en silencio observando lo oscuro, las pocas luces, la presunción de vida. Un silencio a humo, a tabaco puro, siempre rodeaba mis pensamientos y mi vista se desteñía en los árboles añosos de la vereda, ángeles custodios, barrera de coral verde, contención de los desbordes de un mundo frente al otro.

Ocurría cada medianoche de lluvia, alguna vez lo vi sin pretenderlo, en la calle, apurado por el agua, corrí todavía más por el miedo cuando terminó de pasar. Nadie sale en horas así, con el cielo cayendo y la tierra que se va volviendo agua y el asfalto que transmuta en lecho de río y los pies en guijarros despeñados. El agua de lluvia ablanda, desenreda y trastoca los contenidos, algo va de un lado al otro y de lo otro a uno: los nudos añosos bajo la lluvia dejaron espacios libres, se soltaron y el cerco natural de la vereda dejó así la puerta abierta para que ocurra.

En el chapoteo, los refucilos y el apuro, el agua entre los pies había empezado a cobrar otro brillo, un color distinto, refulgente, no parejo y contra corriente, contra las inclinaciones o con ellas, avanzaba cayendo desde el bosque hasta las veredas, hacia las medianeras, debajo de las puertas. Se metía en las alcantarillas iluminando los contornos, trasvasaba el plomo viejo de los caños del agua potable hasta derramarse en las canillas de los edificios antiguos. Un hilo primero y luego las madejas que de salto en salto se formaban, desbordando desde la altura del bosque. El desenredo de árboles de la vereda sin contención no las absorbía, no las paraba. Con cada ramificación de rayos en el cielo que se desplegaba el color refulgente era más intenso, luminoso y luego denso y opaco. Subía por las grietas de las paredes -savia y clorofila mineral- diseñaba formas irreverentes, imposibles, provocaba adjetivos que no cuadraban en el entendimiento: se ramificaban y se enredaban como echando raíces pero era agua, luminosa, refulgente pero agua.

Todo ocurría frente a mí pero el agua no me tocaba, yo era oscuro, una mancha, y alrededor, en movimiento, todo refulgente y en las casas, los conventillos, los edificios antiguos de puertas altas y escaleras empinadas las vidas acurrucadas bebían el agua bajo luz artificial, mimetizada su vida a contracorriente en vasos opacos que llenaban, que nadie miraba. Y bebían, y volvían a tomar y una borrachera se apoderaba de ellos y sonreían pero no, llevaban una mueca, un gesto en la boca indescriptible y una luz refulgente en los ojos, y la tormenta era más fuerte, y los rayos más arbóreos y mi oscuridad mayor.

Luego empezaban a salir a la calle, y la gente a mí no me veía o no me quería, y caían en madejas, hiladas por la misma mirada y se desataban, y todo parecía un baile en contrasentido, despeñados por las escaleras, y ellos mismos parecían agua dibujando articulaciones imposibles con el cuerpo, provocando categorías en mi subjetividad que no podría aplicarlas, pero estaban ahí, se movían, dibujaban rostros en la boca como si sonrieran, despedazaban sus ropas y algunos nadaban sobre el río refulgente y otros sólo gritaban. A mi alrededor pululaban las familias, y a los solitarios la soledad se les iba y hablaban laberintos de palabras incontenibles. Algunos parecían sentarse a leer sobre la nada, hojeando aire y un gesto de disfrute, los chicos alrededor jugaban juegos de volteretas y caían, se golpeaban, se levantaban, lloraban y reían luego de una manera estremecedora.

La tormenta no paraba, se hacía más fuerte y los viejos corrían o hacían el amor con otras viejas o viejos. Y los más jóvenes corrían o hacían el amor todos juntos, en pareja o en solitario. Y el agua refulgía entre ellos y refulgían los ojos y refulgían los espermas derramados y las sonrisas y luego todos se volvían opacos cuando paraban los rayos y la calle se ablandaba como agua, como arroyo o río y corría con fuerza en la inclinación del terreno y en partes en contra y yo seguía paralizado y oscuro, lleno de terror.

Pero lo fuerte de la tormenta empezó a amainar y la lluvia empezó a ser plácida, crujiente sobre el río de la calle, y la gente empezó a amainar y los cuerpos volvieron a ser crujientes, perdiendo esa elasticidad incoherente e hilada por los ojos. Algunos se levantaban como despertándose de un largo sueño, otros se arrodillaban exhaustos, los más empezaban a andar o desandar la lluvia y volvían sobre su cauce.

Y yo esperé a que todos me dieran la espalda y que estuvieran lejos y que el agua fuera normal y la lluvia una llovizna ínfima, y corrí, corrí, corrí, subiendo las pendientes, atravesando plazas, avenidas, cruzando bajo la autopista, siempre buscando lo más arriba posible. Y la ciudad se volvía plana, casi sin pendientes a medida que avanzaba, pero yo corría, escapaba, temblaba sobre las veredas. Y así pasé la noche lo más lejos posible, con luz, café, en un bar y desconfié del cielo, de las nubes y de las murallas altas con arboleda enfrente.

No sé por qué volví.

Con los días, a contrapelo del miedo, deshice mis pasos.

Volví de día y me encerré, y me ubiqué en mi ventana y observé cada día que pasó, cada tarde que se apagaba, las noches apenas encendidas.

Mi departamento, la altura del edificio barranco arriba, el juego de desniveles del terreno, me permitían una panorámica amplia del bosque y los conventillos.

Ya hace tiempo que estoy aquí, y con el humo de mi tabaco negro, la nube de tormenta que se cierne, los farolitos que se van apagando ahí delante, toda esa oscuridad, mis ganas de contar y contar esta historia se van volviendo incontenibles.

Y mi sed se vuelve indecible y refulgente.

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